20081003

Nocturno de Chile



Nocturno de Chile



Hoy, mientras llovía sobre Lucerna, terminé de leer el último libro de Roberto Bolaño, el último de sus libros que aún no había leído, el último de sus poemas, de sus entrevistas, de sus bromas. Ya no hay más, me dije mirando el lago que nunca me pareció más hermoso, ya sé todo lo que R.B. alcanzó a decir a los hombres.


No puedo, entonces, guardar silencio. 


Y puesto a pensar en las palabras que ahora ustedes leen me dije: cuidado, hay un riesgo en seguir relacionando mi nombre (el que ustedes gentilmente han transformado en la sexta letra), con el nombre de R.B. y ese riesgo radica en que, de continuar con mis afanes, mi obra (si es que algún día llegara a existir tal cosa) será irremediablemente comparada con la del chileno errante, mis apreciaciones sobre el arte y la política serán vistas como pobres plagios, mi aversión por las recepciones oficiales, por los obispos y por el fascismo literario latinoamericano no será más que la mala copia de un discípulo mediocre. 


Pues que así sea.



El Crítico


He dicho que hoy he terminado el último libro de R.B. que aún me quedaba por leer, por supuesto no fue el último que escribió, pero fue, como suele ocurrir en estos casos, el más torrencial, el más arduo, el que logró arrastrarme más profundamente por el edificio que se sumerge hasta el corazón Latinoamericano, observando en mi descenso el sufrimiento, la contradicción, la sangre, la inconmensurable ironía, el asco que sustenta la historia de mi país, la que se refleja, como en un espejo en la escena de un crimen, es decir, como en un espejo que preferimos no mirar, en la historia de su literatura, que a su vez se refleja en ellos, los pobres tristes escritores de Chile, los olvidados por sus propias madres, los enaltecidos por los traficantes de esclavos, los esclavos que, sobre la tarima en que son presentados al comprador blanco, dejan ver sus negrísimos ojos en los que se reflejan los otros, los últimos seres en la pirámide imposible del arte, los siervos de los chulos y de las putas, los escuderos de las ratas que una vez al año escupen un poema de amor: los críticos, los críticos literarios que en su posición basal sustentan y al mismo tiempo son, que elogian, subscriben, aplauden, lamen pero también escarban, escarban con sus manos ya sin uñas en las minas abandonadas en busca de la joya que nadie ha visto, la joya que creen estar destinados a salvar y que los salvará, el joven poeta, el escritor desconocido o el viejo laureado que nadie nunca entendió.


Nocturno de Chile es el nombre del libro que faltaba, y un crítico es el que escupe el inmenso monólogo que son sus páginas. Ni un solo punto aparte da un descanso a quien se le enfrente, y así debe ser, porque el cura, el cura de derecha, el cura de derecha y Opus Dei que nos relata sus pesares tampoco ha descansado. 


La historia, ya lo sabrán muchos, es real, los personajes también los son. Este no es un espacio para comentar libros, pero creo necesario detenerme un momento en Nocturno de Chile (nombre preciso como pocos) para hacer tan solo un apunte que refleja la realidad chilena como pocas cosas, un alcance a una patética y certera metáfora que el libro de R.B. me ha recordado, lanzándomela  a la cara como un trapo sucio y frío, o más precisamente como un pequeño animal sin vida, a saber, que quien probablemente es el mejor crítico literario de Hispanoamérica es un chileno, un chileno que es un sacerdote, un sacerdote que es miembro numerario de La Obra.


José Miguel Ibáñez Langlois (nacido como Ignacio Valente), es el héroe de Nocturno de Chile y, curioso destino,  es el mismo hombre que hace ya varios años me regaló algo que jamás podré pagar, sí, porque el mismo que está a favor de la censura en las bibliotecas de las universidades de La Obra, el mismo que le enseñó marxismo a Pinochet, el mismo que come y bebe junto a asesinos y cobardes fue quien me enseñó, con cinco palabras mágicas, los caminos que debería recorrer si pretendía entender a Nicanor Parra.


Sólo en America, dicen los hombres del norte cuando ven cómo alguien que nada tenía o que nada era se convierte en un millonario o en un gran artista, y acto seguido todos sonríen de buena gana, sólo en Latinoamérica, decimos nosotros cuando el confesor de asesinos nos enseña a leer a uno de los mas grandes y profundos, y acto seguido guardamos silencio porque ante el vacío del absurdo nada se puede decir. 



Pero Escribiendo


No sé de nadie que haya planteado de forma más cruda y clara y certera que R.B. aquel majestuoso sinsentido Latinoamericano. Latinoamérica es absurda hasta la nausea, nos dice R.B. en cada uno de sus libros, y sus habitantes nos desenvolvemos en ese absurdo como payasos en una cuerda floja sin red, riéndonos de estar permanentemente a punto de desaparecer en el abismo, cayendo eternamente a ese lugar que no existe pero que imaginamos tan negro como el fondo del mar, tan bello y triste e inalcanzable como las estrellas. 


Y R.B. nos dijo profundo, nos dijo solitario, nos dijo inmensamente triste y desarraigado y nos dijo también hermoso e infinito y poesía y repitió: poesía, poesía, poesía y luego dijo crímenes y allí se quedó por un buen rato, recorriendo los cuerpos, oliendo las manchas de sangre, volviendo una y otra vez, sin miedo, al lugar del asesinato y lo hizo porque sabía que en ese acto, en ese breve momento en que la verdad de los hombres emerge sin ataduras ni adornos, estaba el secreto del mundo y en su búsqueda recorrió los basurales de América, abriéndose paso dificultosamente por toneladas y toneladas de basura que se acumulaba formando montañas no siempre horribles, no siempre malolientes, no siempre infames.


Y lo hacía escribiendo, siempre escribiendo, 


escribiendo poesía en el país de los imbéciles

escribiendo con mi hijo en las rodillas

escribiendo hasta que cae la noche

con un estruendo de los mil demonios.

Los demonios que han de llevarme al infierno 

Pero escribiendo   

  

Escribiendo, por ejemplo, Amuleto, que es todo lo que un joven necesita saber sobre el valor y la belleza, escribiendo el recién mencionado Nocturno de Chile, una novela perfecta, brillante y que ahoga, escribiendo La Pista de Hielo, donde pone toda la farsa del realismo mágico al descubierto. ¿Cual es esa farsa? Pues que en Hispanoamérica no hay tal cosa como una imaginación desbocada, nosotros realmente fabricamos pistas de hielo por amor, realmente llenamos trenes de muertos sólo por miedo ¿Por miedo a qué? por miedo a todo y a todos. Escribiendo los poemas de Los Perros Románticos donde se esconde la Belleza que nos quisieron quitar. ¿Quiénes nos quisieron quitar la belleza? los que tenían miedo a todos y a todo, escribiendo El Gaucho Insufrible, un cuento que reúne toda la generosidad, toda la pureza, todo el cariño que sólo un gran hombre puede tener por otro gran hombre, un homenaje delicado, elegante, preciso, escribiendo El Policía de las Ratas, tal vez el mejor cuento de toda la historia de la literatura chilena, y junto con alguno de Borges, debe compartir el sitial de lo mejor de la literatura en habla hispana, escribiendo Los Detectives Salvajes, un libro conmovedor, hermoso, brillante, inteligente, escribiendo, ya con sus últimos recursos, 2666, una novela monstruosa hecha no por un hombre sino por un titán. 


   

Mario Santiago


No hay otra forma de decirlo: 


Debemos leer a Roberto Bolaño


Y acto seguido, debemos volver a leerlo, pero esta vez en silencio. 



Debemos leer al único que fue capaz de levantar el Velo cuando el velo, por tantos años de polvo, ya pesaba tanto como el mar.


Debemos leer a quien nos recordó que la vida es la gran obra del poeta, al que nos habló de amistades recortadas en los insoportablemente bellos crepúsculos que asolan nuestras horribles ciudades, ciudades que él quería como nadie y que nos enseñó a querer y a extrañar mientras se nos va la vida en los perfectos pueblos de Europa, debemos leer a quien nos habló de Mario, sí, de Mario Santiago, un poeta poeta como decía Bolaño con un cariño entrañable, un cariño sin mezquindades, una cariño más transparente que el viento que lava las caras de los niños poetas del fin del mundo, los niños que cayeron, todos juntos, al abismo, y lo hicieron cantando en una imagen tan hermosa y enorme que nos hace desear el mismo abismo, pero ese abismo ya no existe, pero aún así lo buscamos y lo llamamos pero el abismo no responde y no son pocos los que dejan de buscar y vuelven a sus casas a leer poemas o revistas o periódicos o simplemente a fijar la mirada en un punto impreciso del cielorraso, olvidando que hay tantos abismos como hombres en la tierra y sólo hay que buscar, buscar, buscar como lo hizo Bolaño, buscar nuestro abismo, nuestro destino, nuestro futuro, el nombre no importa, buscar entre las montañas de basura, entre los cobardes, los ladrones, los que compran, por unos pocos pesos, las almas de los poetas más puros del mundo, buscar entre los asesinos, los funcionarios, los terratenientes, los editores, los dueños de la verdad, los padres de la ciencia, los libros sagrados, las iglesias, las balas, la pobreza, buscar el libro que se esconde en la biblioteca infinita, rescatarlo y cuidarlo pero sobre todo leerlo y cuando hayamos terminado seguir buscando, sin deteneros nunca, el fondo del abismo, el inalcanzable horizonte.       



El Secreto Giro de Los Libros Perfectos


Y Roberto Bolaño ha muerto y su nombre ha sido elevado por todos a un pedestal sin precedentes en la historia reciente de Chile, libros en su honor, miles de páginas en miles de revistas, cátedras con su nombre (a las que sólo asisten los imbéciles que el despreciaría)… cuánto peligro, cuántas ganas de darle la espalda, de no leerlo siquiera, de olvidarlo, de reírse en su cara por aparecer en la misma revista que nos ilustra acerca de los nuevos métodos de depilación femenina, cuánto peligro, cuánto riesgo de cerrar los ojos.


Pero ya llegará el buen día en que se le retrate sólo como un hombre enfermo al que le faltaban los dientes, pues algún día los artitas chilenos deberán aprendan a leer y entenderán algo de lo que dicen los libros de R.B., y llegará también el momento en que alguien no acepte que una calle lleve su nombre sin que antes, en la ceremonia de rigor, se desenmascare a quienes él desenmascaró, cuando antes de inaugurar la estatua de su rostro que pagó un asesino alguien diga lo que el decía y que yo aquí repito:  


Los artistas chilenos son fascistas


Los artistas chilenos son patéticos


Los artistas chilenos son maricones 


Los artistas chilenos acuden a cócteles en casas manchadas de sangre


Los artistas chilenos dan pena

Dan risa

Dan asco 


La literatura chilena no existe




Sí, ya llegará el día en que alguien publique esas líneas en el suplemento cultural del domingo, y en el programa de libros alguien las lea mientras forcejea con el pobre animador, y sólo entonces se caerá la alta figura de polvo que tanto se han esmerado en levantar para dar paso a la otra, a la pequeña y casi invisible figura de hierro que surcará el tiempo de los años por venir.


Y ese día mis amigos y yo estaremos contentos, riéndonos de las excusas que se esgrimirán para borrar su nombre de la historia de la literatura chilena, y cuando se pida nuestro consejo, diremos que no sólo hay que borrar su nombre sino que también su imagen y la sombra de su imagen, y luego tomaremos asiento y contemplaremos como Chile se hunde un poco más en su centenaria ignorancia, y aunque la imagen pueda parecer triste y dolorosa, mis amigos y yo sonreiremos porque sabemos (lo hemos visto) que de toda esa ignorancia, vaya a saber uno de qué forma, emergen, de vez en cuando, hombres con la voluntad necesaria para mover al mundo y quien sabe si en esa terraza del futuro, en la que observaremos la constante decadencia de la patria, habrá uno o más de esos hombres con un buen vaso de vodka en la mano, hablando de ciencia, de literatura, de arte, recordando tal vez viejas noches en el centro de Santiago, interminables conversaciones en las que M, E, y S, y alguna vez C y también eme y también yo, trazábamos las líneas que poco a poco dibujarían las improbables fronteras de lo que nadie podía ver, de lo que no era pero que estaba, de lo que no podía ser pero que será.


  


Lucerna, Suiza


Octubre del 08  

1 comment:

Grisácea said...

aproximaciones a un futuro que esperamos vivir...

"Un valor innombrable e inútil, bien cierto,
Pero reencontrado en los márgenes
Del sueño más remoto,
En las particiones del sueño final,
En la senda confusa y magnética
De los burros y de los poetas."


/R.B (el burro)