20081217

El estado del Arte

Para empezar tenía que mencionar a Van Gogh, entonces escribo su nombre y el corrector automático de Word no lo subraya como incorrecto. El pintor de campesinos, el que vivió junto a los recolectores de carbón del Borinage, el que a los 33 años, cuando sólo le quedaban cuatro de vida, aún no había hecho nada de lo que por hoy lo conocemos, el desconocido holandés que llegó a Paris en busca de la estela de los grandes pintores realistas del siglo XIX, los hijos de la revolución del 48, en busca de Millet, Courbet, Daumier, Delacroix, el inocente pintor que vio como en Paris ya pocos hablaban de aquellos a quienes él buscaba, encontrándose en medio de la capital del mundo más solo que nunca, rodeado de artistas miserables, de payasos y de cobardes, tan lleno de extrañeza que no le quedaba mucho más que simplemente dejar de buscar.

Pero 130 años después escribo su nombre, Vincent Van Gogh, y Word no lo subraya, no lo subraya porque cada letra está donde debe estar, porque un equipo de diseñadores de programas para la oficina de un futuro distante consideró que su nombre debía estar en el diccionario, porque uno de los días de 1886 Vincent Van Gogh decidió seguir buscando aunque aparentemente ya nada había que buscar.

Van Gogh llegó a Paris en busca de la cruda fuerza que surgió luego del levantamiento de 1848, de esa nueva forma de expresar la realidad sin adornos, hasta las ultimas consecuencias, y lo que se encontró fue un grupo de pintores que trabajaban bajo la idea de plasmar su impresión de la realidad dejando de lado las características formales de ésta, una idea poderosa, que sin embargo no contó con los espíritus adecuados para llevarla a cabo y el resultado fueron hermosos cuadros que carecían de toda fuerza, de toda voluntad, de toda acción, de toda honestidad y de toda Belleza. Era el nacimiento del impresionismo que el pintor holandés miraba asombrado por sus colores y sus innovadoras técnicas, pero más asombrado aún por no entender dónde quedaron los ideales de compromiso total con la realidad del 48.

Había que abrazar la nueva corriente y avanzar con ella hacia la gloria?

Evidentemente no. Y Van Gogh dejó Paris en busca de los centenarios trigales, de los mil amarillos que ni el más dotado impresionista podría haber llegado a entender.

Pero en su asombro Van Gogh no estaba sólo. Gauguin, que nunca se llevó bien con las últimas corrientes de las grandes capitales escribiría "los impresionistas miran a su alrededor con el ojo y no al centro misterioso del pensamiento, ¿de qué se trata su arte? De un arte puramente superficial hecho de coquetería, un arte superficial en el que no hay un solo pensamiento"

Van Gogh no sólo quería pintar, sino que quería decir algo, quería intentar que los colores que él miraba pasaran al lienzo con la menor interferencia posible, y para lograrlo, no había otra forma que emprenderlas contra esos colores, que el amarillo fuera más amarillo, que el azul fuera más azul porque no había otra forma de expresar la maravilla que él sentía al verlos que con el único recurso que tenía, con el color y la fuerza del pincel. No es la simple impresión de la realidad, es su expresión, una expresión activa y con una fuerza extraordinaria que partía del reconocimiento de que tal fuerza no venía de él sino desde la naturaleza, de los campos de trigos, de los mineros belgas comiendo, de las pequeñas habitaciones, de los cafés y de los girasoles.

Y Van Gogh moriría y sobre él pasaría el impresionismo con su fama y su gloria, sin embargo la suerte ya estaba echada y años más tarde el impresionismo daría paso a un movimiento que llegaría a cambiar definitivamente la historia del arte y cuyos cimientos germinaron en gran parte gracias a la obstinación del holandés, el holandés que murió pobre y también loco, pero cuya pobreza y locura nada tienen que ver con su genio y su fuerza, de las que no son más que una marginal consecuencia.

 Se equivocan tristemente los que buscan en su situación, a veces desesperada, las claves del hombre que se adelantó a quienes se adelantaron a todos. No, la verdadera fuerza que lo llevó a extraer los colores y movimientos ocultos en las cosas surgió de una extrema lucidez, de un incansable trabajo, de la verdadera valentía, es decir, de aquella que no consiste en la ausencia de miedos sino en la capacidad de avanzar a pesar de tales miedos, miedos que lo llevaron a la muerte, pero siempre avanzando, siempre pensando, pintando, trabajando.

Y aquí estamos nosotros, los hijos de los hijos de los hijos de esos viejos revolucionaros, mirando como la realidad se condensa en sí misma, como la historia desaparece, como lo imposible no existe

¿Y qué es lo hacen nuestros artistas al respecto?

No puedo, perdónenme, más que volver a citar a Gauguin:

"miran a su alrededor con el ojo y no al centro misterioso del pensamiento, ¿de qué se trata su arte? De un arte puramente superficial hecho de coquetería, un arte superficial en el que no hay un solo pensamiento"

En el que no hay un-solo-pensamiento, decía él y yo lo repito.

Cómo pueden siquiera utilizar el título que utilizaron los viejos sabios de fines del siglo XIX, cómo pueden siquiera pedir por sus derechos, exigir apoyo, con qué cara se plantan frente al público con sus pequeñas, intrascendentes, patéticas obras en las que no es posible distinguir un-solo-pensamiento, cómo pueden, después de Van Gogh, de Ensor, de Munch, de Kandinsky, de Klee, de Klimt, atreverse siquiera a presentarnos sus obras, a exigirnos aplausos (y sobro todo dinero).

Los jóvenes del siglo XXI lo tienen todo, absolutamente todo, para hacer algo que nunca se ha visto en la historia del arte, ante sus ojos la misma Historia, así, con mayúscula, se está haciendo pedazos, tienen los recursos, el tiempo, los libros, las palabras grabadas en bronce de mas de 3 mil años de arte, la invaluable oportunidad de Entender prácticamente todo y sin embargo, no hacen nada, absolutamente nada.

¿Cómo pueden, después de tantos que dieron sus vidas por hacer del arte algo grande y bello, regocijarse con tanto descaro en su pueril mediocridad?

Ha llegado el momento de abrir los ojos. Ya basta de complacencia hacia los niños que decidieron jugar a ser artistas porque no les gustaba estudiar o la ciencia les resultaba demasiado pesada. Si el Gran Ovidio leyera la siguiente aclaración le costaría creer que los milenios hayan obrado tan mal sobre los hombres, pues lo siento, pero se hace necesario decirlo claramente: El arte es trabajo, el arte es estudio, el arte es la aprehensión de la realidad hasta el vértigo, el arte "es un oficio peligroso" por lo que es mejor que los niños vuelvan con sus madres.

No más fondos concursables, no más estímulos institucionales a la creación, no más leyes, ni formularios, ni excusas.

 Llorarán, gritarán, algunos saldrán a las calles y nos acusarán de querer matar el arte. Pero no se preocupen por el arte, pues el arte, el verdadero arte, no tiene ninguna relación con lo que hacen quienes llenan las oficinas estatales para exigir migajas de compasión. Otros temerán que, de frenar los estímulos monetarios hacia el nuevo arte, algún Van Gogh, algún Kafka será pasado por alto, pero una vez más no hay de qué preocuparse, no son pocos los que saben ver y ningún hombre fundamental morirá sin que lo sepamos, por lo demás, difícilmente podríamos pensar que aquel olvidado Kafka o aquel nuevo Van Gogh sería encontrado en las oficinas del gobierno luchando por alguna beca, por alguna asignación oficial. No, mejor suerte tendríamos en sus pequeños tallares, en sus habitaciones colmadas de libros, en la sala de ensayo que a duras penas ha conseguido arrendar.

Y es que el verdadero arte no necesita de quienes juegan grotescamente a su alrededor, no son más que molestias, bruma que cubre el oscuro y precioso centro hacia donde deben avanzar los asesinos de la Historia.

Mirar al centro del misterioso pensamiento, eso es lo debieron hacer los impresionistas y lo que nosotros también debemos hacer. Y si llegamos a lograrlo, si somos capaces de mirar esta época hasta pulverizarnos los ojos, seremos capaces de vislumbrar secretos que ninguno de los grandes hombres del pasado tuvo la oportunidad de conocer, las estrellas, el tiempo, la materia, los océanos de información, todo está ahí, esperando a quien se atreva a lanzar la primera piedra.

Vamos.

F

Seattle, Dic. 2008.